Jesús predicó el discipulado
Jesús predicó el discipulado
A través de todo su ministerio, Jesús invitó a los hombres a que fueran sus discípulos. Un discípulo es un principiante, un estudiante, un seguidor, un aprendiz, un prosélito, etc. Los cuatro evangelios contienen muchas enseñanzas que se enfocan en el discipulado.
Cuando Cristo le dijo a Pedro: “Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres”, hubo una acción rápidamente. La Biblia dice: “Ellos, entonces, dejando al instante las redes, le siguieron”. Luego,
Jesús vio a dos hermanos, Santiago y Juan, remendando redes y a quienes también llamó. “Y ellos, dejando al instante a su barca y a su padre, le siguieron” (Mateo 4.19-22; Marcos 1.16-20; Juan 1.43). El verbo en griego usado aquí para “seguir” significa “ser un seguidor de Cristo para toda la vida”. Jesús utilizó este término muchas veces (véase Mateo 8.22; 9.9; 10.38; 16.24; 19.21, 28; Marcos 2.14; 8.34; 10.21; Lucas 5.11; 9.23, 59-62; 18.22; Juan 10.4, 27; 12.26; 21.19, 22; 1 Pedro 2.21).
Mateo demuestra qué tipo de respuesta buscaba Jesús. Siendo un cobrador de impuestos, él estaba sentado en su negocio cuando Jesús le dijo: “Sígueme, y se levantó y le siguió” (Mateo 9.9; Marcos 2.14; Lucas 5.27-28). Mateo, uno de los “publicanos y pecadores” (Mateo 9.11), se arrepintió, cambió su vida y se convirtió en un fiel discípulo. El llamado a seguir resultó en una respuesta voluntaria y en una acción inmediata.
Mateo escribió que, después del Sermón del Monte, grandes multitudes siguieron a Jesús. Después, para apartarse de ellos, él decidió cruzar al otro lado del mar de Galilea. Dos vinieron a él diciéndole que le seguirían (véase Mateo 8.18-22). En su sección especial (véase Lucas 9.51-18.14), Lucas escribió que cuando no quisieron recibir a Jesús en una aldea samaritana, ellos se dirigieron a Jerusalén. Y Lucas sigue diciendo que mientras ellos viajaban tres personas decidieron seguirle (véase Lucas 9.57-62). Aunque este no fuera el mismo incidente, los primeros dos hombres de ambos evangelios hicieron declaraciones similares.
Cuando la primera persona se acercó a Jesús, enseguida dijo: “Señor, te seguiré a donde quiera que vayas” (Lucas 9.57; Mateo 8.19). Lucas identifica a esta persona simplemente como un hombre, pero Mateo dice que él era un escriba. Entonces, él debió haber sido una persona muy erudita y, de seguro, sabía algo sobre las enseñanzas de Cristo. La introducción de Mateo de la segunda persona, “otro de sus discípulos”, indica que él era un discípulo. Su rápida disposición pudo haber sido una respuesta impulsiva debido a que conocía a Jesús. La respuesta de Jesús fue que considerara el costo: “Las zorras tienen guaridas, y las aves de los cielos nidos; mas el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar la cabeza” (Lucas 9.57; Mateo 8.20). Jesús no tenía hogar y esto debió haber contribuido al hecho de que él era “varón de dolores”. El seguirlo podría ser costoso y todo hombre debe pensarlo bien antes de hacerlo.
El segundo hombre, identificado por Mateo como un discípulo (véase Mateo 8.21), aceptó el llamado de seguir a Jesús. Sin embargo, él primero quería hacer algo aparentemente razonable: “Señor, déjame que primero vaya y entierre a mi padre” (Lucas 9.59). Como discípulo, él conocía las enseñanzas de Jesús, sin embargo, él pensaba que podría hacer esto primero y seguirle más tarde. Jesús respondió: “Deja que los
muertos entierren a sus muertos; y tú ve, y anuncia el reino de Dios” (Lucas 9.60). Había algo más importante que hacer. Jesús llamó a este discípulo a servir en la predicación. Ya que Mateo relató esta historia poco antes de que los setenta fuesen enviados y regresaran de predicar (véase Mateo 10), esto da la idea que el llamado a predicar estaba tanto en la mente de Mateo como en la de Lucas. Este servicio a Dios y a los hombres debe ser cumplido sin dilación alguna.
Lucas escribió acerca de una tercera persona que también pidió una dilación: “Te seguiré, Señor; pero déjame que me despida primero de los que están en mi casa” (Lucas 9.61). A este aspirante a discípulo se le dijo que nada debía interferir entre él y seguir al Señor. Además, Jesús dijo: “Ninguno que poniendo su mano en el arado mira hacia atrás, es apto para el reino de Dios” (Lucas 9.62). Aquí vemos a otro que quería seguir a Jesús, pero que todavía no estaba listo para ello. Su dilación pareció ser razonable, pero a la vez incluía el peligro de que sus familiares influyeran en él para que hiciera lo contrario (véase Mateo 10.37).
El discipulado es un camino difícil y nadie debe mirar atrás después de tomar la cruz. Cuando Jesús envió a sus doce discípulos a predicar “el reino de los cielos se ha acercado” (Mateo 10.7) y a hacer las obras que él estaba haciendo, él les dio instrucciones con relación al discipulado. Los discípulos serían como “ovejas en medio de lobos” (Mateo 10.16) y debían esperar oposición y persecución. Esto ilustra la regla general de que “el discípulo no es más que su maestro” (Mateo 10.24). En este caso, los discípulos podrían recibir el mismo trato que su Maestro estaba recibiendo.
Entonces, Jesús les dijo: “No penséis que he venido para traer paz a la tierra; no he venido para traer paz, sino espada” (Mateo 10.34). Puede que para edificar el reino haya conflicto y que no recibamos enseguida la paz que esperamos (véase Isaías 9.2-6). Las palabras “en tierra” se refieren a todo hombre en general. La falta de paz es el resultado de que hay hombres que no responden al llamado de seguir a Jesús. Y la oposición puede tener lugar aún en sus mismas casas (véase Mateo 10.35-36). Luego, Jesús explica dos principios: “El que ama a [cualquier miembro de su familia]...más que a mí, no es digno de mí...y el que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí” (Mateo 10.37-38).
En otra ocasión, cuando grandes multitudes seguían a Jesús, él les dio un mensaje similar. Es necesario “aborrecer” a los familiares y hasta la propia vida de uno. “Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre, y madre, y mujer, e hijos, y hermanos, y aun también su propia vida, no puede ser mi discípulo” (Lucas 14.26; 12.51-53). Estas palabras parecen ser duras, pero la verdad es que sus discípulos deben dejar a un lado los intereses que les impidan una entrega y fidelidad absoluta a Cristo. Este
“aborrecimiento” puede comprenderse al compararlo con el amor, ya mencionado el los párrafos anteriormente, que Jesús pide. Los discípulos de Jesús deben amarle a él sobre todas las cosas y más que todo serle fiel y leal. Esto debe sobrepasar toda relación familiar y hasta los deseos de uno mismo.
En cierto sentido, la cruz fue la misión especial en la vida de Jesús. Los discípulos no deben esperar tener que tomar una cruz literal, como la que tomó Jesús, y ser crucificados. Sin embargo, los discípulos pueden esperar oposición y hasta la muerte. Debemos dedicarnos a cumplir la misión de Dios para nuestras vidas y esto incluye llevar a cabo la Gran Comisión y todo lo que consiste la misma. Si alguien trata de evitarla: “El que halla su vida, la perderá; y el que pierde su vida por causa de mí, la hallará” (Mateo 10.39).
Luego, después de decirle a sus discípulos que él debía sufrir y ser sacrificado en Jerusalén, Jesús les dijo: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame. Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por cause de mí, la hallará” (Mateo 16.24-25; Marcos 8.34; 9.1; Lucas 9.23-27; 14.27; 17.33). El negarse a sí mismo significa deshacerse de los deseos personales y rendirse uno mismo completamente al Señor, aunque esto requiera que uno tenga que tomar su propia cruz. Si alguien trata de evitar la cruz para salvar su vida, el tal terminará perdiendo su vida al final. Al estar dispuestos a perder nuestras vidas por causa del Señor, la hallamos. Por tanto, tomar la cruz y seguir a Jesús es algo indispensable para la redención.
No debemos permitir que nada estorbe nuestra disposición de seguir al Señor. Jesús dijo: “Y el que no lleva su cruz y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo” (Lucas 14.27). Él también dijo que cualquiera que quiera construír una torre primero debe calcular los gastos para asegurarse de que tenga suficiente con qué terminarla y que ningún rey iría a la guerra sin antes pensar en la posibilidad de ganar. “Así, pues, cualquiera de vosotros que no renuncia a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo” (Lucas 14.33). Tanto el discipulado como la salvación son asuntos muy serios y requieren un compromiso total desde el principio y poner todo lo demás en un segundo plano durante toda la vida. Jesucriso debe ocupar el primer lugar en la vida del discípulo.
Todo aquél que le siga cambiará su manera de andar y será librado del pecado. Jesús dijo: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Juan 8.12). Algunos judíos, al escuchar esto, le interrogaron. Jesús les dijo a otros “...judíos que habían creído en él: Si vosotros permanecéis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad y la verdad os
hará libres” (Juan 8.31-32). Estos creyentes le dijeron a Jesús que ellos eran hijos de Abraham y que no estaban en esclavitud, y le preguntaron: “...¿Cómo dices tú: Seréis libres?” (Juan 8.33). Jesús les respondió: “…todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado” (Juan 8.34). El discípulo no debe ser esclavo del pecado, sino más bien un hijo de Dios a quien le gusta hacer la voluntad del Padre. Esta libertad para obedecer es la libertad verdadera.
Para ayudarnos a entender el discipulado, Jesús nos dio el ejemplo de las ovejas. Cuando “...abre el portero...las ovejas oyen su voz...y las ovejas le siguen...Mas al extraño no seguirán” (Juan 10.3-5). Luego, Jesús explicó: “Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano” (Juan 10.27-28). En Juan 15, Jesús explica cómo el hecho de llevar fruto se relaciona con el discipulado: “...el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí, nada podéis hacer” (Juan 15.5). Entonces él sigue explicando: “En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto, y seáis así mis discípulos. ...Si guardareis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor” (Juan 15.8-10).
Y si alguien piensa que el discipulado es una carga, Jesús dijo: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga” (Mateo 11.28-30). ¿Cómo se explica que el discipulado sea fácil? La respuesta está en que el nuevo nacimiento cambia la naturaleza interior del discípulo, de modo que él se complace en hacer la voluntad de Dios. Por tanto, él no siente carga alguna, sino que halla justicia, paz y gozo (véase Juan 14.27; 16.33; Romanos 14.17; 15.13; Gálatas 5.22). El cambio interior quita la carga, aunque el discípulo tenga que sufrir por causa de Cristo (véase Mateo 10.16-25; Lucas 10.3; 21.5-19; Romanos 8.17; Filipenses 1.29-30; 3.10; 2 Timoteo 2.12; 1 Pedro 4.12-14; 5.10).
El camino del discípulado es angosto y difícil, muy diferente a lo que muchos piensan del cristianismo. En el Sermón del Monte, Jesús dijo: “Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella; porque estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan” (Mateo 7.13-14; Lucas 13.23-24). El discipulado ni es una carga ni un camino ancho, sino más bien el camino que lleva a la vida eterna.
Cuando Cristo le dijo a Pedro: “Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres”, hubo una acción rápidamente. La Biblia dice: “Ellos, entonces, dejando al instante las redes, le siguieron”. Luego,
Jesús vio a dos hermanos, Santiago y Juan, remendando redes y a quienes también llamó. “Y ellos, dejando al instante a su barca y a su padre, le siguieron” (Mateo 4.19-22; Marcos 1.16-20; Juan 1.43). El verbo en griego usado aquí para “seguir” significa “ser un seguidor de Cristo para toda la vida”. Jesús utilizó este término muchas veces (véase Mateo 8.22; 9.9; 10.38; 16.24; 19.21, 28; Marcos 2.14; 8.34; 10.21; Lucas 5.11; 9.23, 59-62; 18.22; Juan 10.4, 27; 12.26; 21.19, 22; 1 Pedro 2.21).
Mateo demuestra qué tipo de respuesta buscaba Jesús. Siendo un cobrador de impuestos, él estaba sentado en su negocio cuando Jesús le dijo: “Sígueme, y se levantó y le siguió” (Mateo 9.9; Marcos 2.14; Lucas 5.27-28). Mateo, uno de los “publicanos y pecadores” (Mateo 9.11), se arrepintió, cambió su vida y se convirtió en un fiel discípulo. El llamado a seguir resultó en una respuesta voluntaria y en una acción inmediata.
Mateo escribió que, después del Sermón del Monte, grandes multitudes siguieron a Jesús. Después, para apartarse de ellos, él decidió cruzar al otro lado del mar de Galilea. Dos vinieron a él diciéndole que le seguirían (véase Mateo 8.18-22). En su sección especial (véase Lucas 9.51-18.14), Lucas escribió que cuando no quisieron recibir a Jesús en una aldea samaritana, ellos se dirigieron a Jerusalén. Y Lucas sigue diciendo que mientras ellos viajaban tres personas decidieron seguirle (véase Lucas 9.57-62). Aunque este no fuera el mismo incidente, los primeros dos hombres de ambos evangelios hicieron declaraciones similares.
Cuando la primera persona se acercó a Jesús, enseguida dijo: “Señor, te seguiré a donde quiera que vayas” (Lucas 9.57; Mateo 8.19). Lucas identifica a esta persona simplemente como un hombre, pero Mateo dice que él era un escriba. Entonces, él debió haber sido una persona muy erudita y, de seguro, sabía algo sobre las enseñanzas de Cristo. La introducción de Mateo de la segunda persona, “otro de sus discípulos”, indica que él era un discípulo. Su rápida disposición pudo haber sido una respuesta impulsiva debido a que conocía a Jesús. La respuesta de Jesús fue que considerara el costo: “Las zorras tienen guaridas, y las aves de los cielos nidos; mas el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar la cabeza” (Lucas 9.57; Mateo 8.20). Jesús no tenía hogar y esto debió haber contribuido al hecho de que él era “varón de dolores”. El seguirlo podría ser costoso y todo hombre debe pensarlo bien antes de hacerlo.
El segundo hombre, identificado por Mateo como un discípulo (véase Mateo 8.21), aceptó el llamado de seguir a Jesús. Sin embargo, él primero quería hacer algo aparentemente razonable: “Señor, déjame que primero vaya y entierre a mi padre” (Lucas 9.59). Como discípulo, él conocía las enseñanzas de Jesús, sin embargo, él pensaba que podría hacer esto primero y seguirle más tarde. Jesús respondió: “Deja que los
muertos entierren a sus muertos; y tú ve, y anuncia el reino de Dios” (Lucas 9.60). Había algo más importante que hacer. Jesús llamó a este discípulo a servir en la predicación. Ya que Mateo relató esta historia poco antes de que los setenta fuesen enviados y regresaran de predicar (véase Mateo 10), esto da la idea que el llamado a predicar estaba tanto en la mente de Mateo como en la de Lucas. Este servicio a Dios y a los hombres debe ser cumplido sin dilación alguna.
Lucas escribió acerca de una tercera persona que también pidió una dilación: “Te seguiré, Señor; pero déjame que me despida primero de los que están en mi casa” (Lucas 9.61). A este aspirante a discípulo se le dijo que nada debía interferir entre él y seguir al Señor. Además, Jesús dijo: “Ninguno que poniendo su mano en el arado mira hacia atrás, es apto para el reino de Dios” (Lucas 9.62). Aquí vemos a otro que quería seguir a Jesús, pero que todavía no estaba listo para ello. Su dilación pareció ser razonable, pero a la vez incluía el peligro de que sus familiares influyeran en él para que hiciera lo contrario (véase Mateo 10.37).
El discipulado es un camino difícil y nadie debe mirar atrás después de tomar la cruz. Cuando Jesús envió a sus doce discípulos a predicar “el reino de los cielos se ha acercado” (Mateo 10.7) y a hacer las obras que él estaba haciendo, él les dio instrucciones con relación al discipulado. Los discípulos serían como “ovejas en medio de lobos” (Mateo 10.16) y debían esperar oposición y persecución. Esto ilustra la regla general de que “el discípulo no es más que su maestro” (Mateo 10.24). En este caso, los discípulos podrían recibir el mismo trato que su Maestro estaba recibiendo.
Entonces, Jesús les dijo: “No penséis que he venido para traer paz a la tierra; no he venido para traer paz, sino espada” (Mateo 10.34). Puede que para edificar el reino haya conflicto y que no recibamos enseguida la paz que esperamos (véase Isaías 9.2-6). Las palabras “en tierra” se refieren a todo hombre en general. La falta de paz es el resultado de que hay hombres que no responden al llamado de seguir a Jesús. Y la oposición puede tener lugar aún en sus mismas casas (véase Mateo 10.35-36). Luego, Jesús explica dos principios: “El que ama a [cualquier miembro de su familia]...más que a mí, no es digno de mí...y el que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí” (Mateo 10.37-38).
En otra ocasión, cuando grandes multitudes seguían a Jesús, él les dio un mensaje similar. Es necesario “aborrecer” a los familiares y hasta la propia vida de uno. “Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre, y madre, y mujer, e hijos, y hermanos, y aun también su propia vida, no puede ser mi discípulo” (Lucas 14.26; 12.51-53). Estas palabras parecen ser duras, pero la verdad es que sus discípulos deben dejar a un lado los intereses que les impidan una entrega y fidelidad absoluta a Cristo. Este
“aborrecimiento” puede comprenderse al compararlo con el amor, ya mencionado el los párrafos anteriormente, que Jesús pide. Los discípulos de Jesús deben amarle a él sobre todas las cosas y más que todo serle fiel y leal. Esto debe sobrepasar toda relación familiar y hasta los deseos de uno mismo.
En cierto sentido, la cruz fue la misión especial en la vida de Jesús. Los discípulos no deben esperar tener que tomar una cruz literal, como la que tomó Jesús, y ser crucificados. Sin embargo, los discípulos pueden esperar oposición y hasta la muerte. Debemos dedicarnos a cumplir la misión de Dios para nuestras vidas y esto incluye llevar a cabo la Gran Comisión y todo lo que consiste la misma. Si alguien trata de evitarla: “El que halla su vida, la perderá; y el que pierde su vida por causa de mí, la hallará” (Mateo 10.39).
Luego, después de decirle a sus discípulos que él debía sufrir y ser sacrificado en Jerusalén, Jesús les dijo: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame. Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por cause de mí, la hallará” (Mateo 16.24-25; Marcos 8.34; 9.1; Lucas 9.23-27; 14.27; 17.33). El negarse a sí mismo significa deshacerse de los deseos personales y rendirse uno mismo completamente al Señor, aunque esto requiera que uno tenga que tomar su propia cruz. Si alguien trata de evitar la cruz para salvar su vida, el tal terminará perdiendo su vida al final. Al estar dispuestos a perder nuestras vidas por causa del Señor, la hallamos. Por tanto, tomar la cruz y seguir a Jesús es algo indispensable para la redención.
No debemos permitir que nada estorbe nuestra disposición de seguir al Señor. Jesús dijo: “Y el que no lleva su cruz y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo” (Lucas 14.27). Él también dijo que cualquiera que quiera construír una torre primero debe calcular los gastos para asegurarse de que tenga suficiente con qué terminarla y que ningún rey iría a la guerra sin antes pensar en la posibilidad de ganar. “Así, pues, cualquiera de vosotros que no renuncia a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo” (Lucas 14.33). Tanto el discipulado como la salvación son asuntos muy serios y requieren un compromiso total desde el principio y poner todo lo demás en un segundo plano durante toda la vida. Jesucriso debe ocupar el primer lugar en la vida del discípulo.
Todo aquél que le siga cambiará su manera de andar y será librado del pecado. Jesús dijo: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Juan 8.12). Algunos judíos, al escuchar esto, le interrogaron. Jesús les dijo a otros “...judíos que habían creído en él: Si vosotros permanecéis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad y la verdad os
hará libres” (Juan 8.31-32). Estos creyentes le dijeron a Jesús que ellos eran hijos de Abraham y que no estaban en esclavitud, y le preguntaron: “...¿Cómo dices tú: Seréis libres?” (Juan 8.33). Jesús les respondió: “…todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado” (Juan 8.34). El discípulo no debe ser esclavo del pecado, sino más bien un hijo de Dios a quien le gusta hacer la voluntad del Padre. Esta libertad para obedecer es la libertad verdadera.
Para ayudarnos a entender el discipulado, Jesús nos dio el ejemplo de las ovejas. Cuando “...abre el portero...las ovejas oyen su voz...y las ovejas le siguen...Mas al extraño no seguirán” (Juan 10.3-5). Luego, Jesús explicó: “Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano” (Juan 10.27-28). En Juan 15, Jesús explica cómo el hecho de llevar fruto se relaciona con el discipulado: “...el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí, nada podéis hacer” (Juan 15.5). Entonces él sigue explicando: “En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto, y seáis así mis discípulos. ...Si guardareis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor” (Juan 15.8-10).
Y si alguien piensa que el discipulado es una carga, Jesús dijo: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga” (Mateo 11.28-30). ¿Cómo se explica que el discipulado sea fácil? La respuesta está en que el nuevo nacimiento cambia la naturaleza interior del discípulo, de modo que él se complace en hacer la voluntad de Dios. Por tanto, él no siente carga alguna, sino que halla justicia, paz y gozo (véase Juan 14.27; 16.33; Romanos 14.17; 15.13; Gálatas 5.22). El cambio interior quita la carga, aunque el discípulo tenga que sufrir por causa de Cristo (véase Mateo 10.16-25; Lucas 10.3; 21.5-19; Romanos 8.17; Filipenses 1.29-30; 3.10; 2 Timoteo 2.12; 1 Pedro 4.12-14; 5.10).
El camino del discípulado es angosto y difícil, muy diferente a lo que muchos piensan del cristianismo. En el Sermón del Monte, Jesús dijo: “Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella; porque estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan” (Mateo 7.13-14; Lucas 13.23-24). El discipulado ni es una carga ni un camino ancho, sino más bien el camino que lleva a la vida eterna.

ARMAGEDON- Mensajes: 259
Fecha de inscripción: 29/10/2008
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