El desierto y la zarza.
El desierto y la zarza.
El desierto es un lugar solitario, reseco, hostil. Nadie desearía estar en un lugar así. Sin embargo el desierto pudiera representar algo positivo. Pudiera representar despojarse de rutinas, de falsos apoyos, de encontrarse con uno mismo y con Dios de una manera distinta.
Muchos de nosotros luego de mucho tiempo en la “civilización” nos hemos visto como en medio de un desierto. Donde no están los amigos y compañeros de antes, donde ya no está ese lugar que daba todas las respuestas, donde debemos vivir cada día por el esfuerzo propio. Si nos vemos en esta condición, no desesperemos. Pues el desierto pudiera ser no un lugar geográfico sino una posición, una actitud personal. Recordemos que el desierto fue el camino de los profetas y de Jesús mismo. En todos los casos hubo un irse y un volver. Se va para quitarse todos los pesos, diría para vaciarse de todo lo que nos condicionaba. Se regresa desprogramado, sin tanto pre-impreso. Uno se va al desierto pero no para quedarse allí, sino para regresar hecho una mejor persona. La persona ahora tiene más conciencia de sí mismo, ahora tiene algo para dar a otros porque la misma persona ha reflexionado, es más madura y posee algo más de sensibilidad.
Un ejemplo de esto pudiera ser lo vivido por Moisés luego de su huida de Egipto, en la tierra de Madian. El relato dice así:
Apacentando Moisés las ovejas de su suegro Jetro, sacerdote de Madián, llevó las ovejas a través del desierto y llegó hasta Horeb monte de Dios. Allí se le apareció el Ángel de Jehová en una llama de fuego, en medio de una zarza. Al fijarse, vio que la zarza ardía en fuego, pero la zarza no se consumía. Entonces Moisés se dijo: «Iré ahora para contemplar esta gran visión, por qué causa la zarza no se quema». Cuando Jehová vio que él iba a mirar, lo llamó de en medio de la zarza: --¡Moisés, Moisés! --Aquí estoy --respondió él. Dios le dijo: --No te acerques; quita el calzado de tus pies, porque el lugar en que tú estás, tierra santa es. (Éxodo 3:1-5) Version Valera
Una zarza es un arbusto, digamos, miserable. Esta reseco, sin flores ni frutos, lleno de puras espinas, y pudiera decirse que solo sirve para eso, para arder, para quemarse.
En el desierto, el gran calor lo incinera. Y he aquí que Moisés se acerca a observar este extraño fenómeno.: “El arbusto arde pero no se consume, no se termina de quemar”.
Podríamos preguntarnos: ¿Qué hubiera hecho yo ante tal situación?
Una opción hubiera sido no prestarle atención, no acercarse a verlo, quizás pensando que es un arbusto más, en un desierto más, en un día más.
En el caso de Moisés, como pudiera ser en el nuestro, no ocurre así. El tiene una sensibilidad para percibir una maravilla, una sensibilidad para encontrar a Dios allí donde no hay más que algo insignificante.
Para el autentico hombre con tendencia espiritual nada es insignificante, al contrario, todo puede tener un significado si solo se detiene a admirar. Así es que Moisés se acerca a ver, se apresta a oír. Cuando alguien se apresta a oír capta el mensaje.
La zarza que arde y no se quema es una señal, un llamado de Dios.
Para que este “alejarse del mundanal ruido” pudiera resultar de beneficio, debe hacerse con el motivo correcto, intentando alcanzar resultados positivos.
En el caso de Jesucristo, su visita al desierto lo preparo para una labor maravillosa y le permitió percibir, luego de su bautismo, que su Padre lo acompañaba. Que lo mismo sea en nuestro caso. Que el encontrarnos de repente en un desierto no signifique un fin, sino más bien, un comienzo. Que nos transforme en mejores personas y que nuestra fe se purifique.
Un saludo a todos
Spiri
Muchos de nosotros luego de mucho tiempo en la “civilización” nos hemos visto como en medio de un desierto. Donde no están los amigos y compañeros de antes, donde ya no está ese lugar que daba todas las respuestas, donde debemos vivir cada día por el esfuerzo propio. Si nos vemos en esta condición, no desesperemos. Pues el desierto pudiera ser no un lugar geográfico sino una posición, una actitud personal. Recordemos que el desierto fue el camino de los profetas y de Jesús mismo. En todos los casos hubo un irse y un volver. Se va para quitarse todos los pesos, diría para vaciarse de todo lo que nos condicionaba. Se regresa desprogramado, sin tanto pre-impreso. Uno se va al desierto pero no para quedarse allí, sino para regresar hecho una mejor persona. La persona ahora tiene más conciencia de sí mismo, ahora tiene algo para dar a otros porque la misma persona ha reflexionado, es más madura y posee algo más de sensibilidad.
Un ejemplo de esto pudiera ser lo vivido por Moisés luego de su huida de Egipto, en la tierra de Madian. El relato dice así:
Apacentando Moisés las ovejas de su suegro Jetro, sacerdote de Madián, llevó las ovejas a través del desierto y llegó hasta Horeb monte de Dios. Allí se le apareció el Ángel de Jehová en una llama de fuego, en medio de una zarza. Al fijarse, vio que la zarza ardía en fuego, pero la zarza no se consumía. Entonces Moisés se dijo: «Iré ahora para contemplar esta gran visión, por qué causa la zarza no se quema». Cuando Jehová vio que él iba a mirar, lo llamó de en medio de la zarza: --¡Moisés, Moisés! --Aquí estoy --respondió él. Dios le dijo: --No te acerques; quita el calzado de tus pies, porque el lugar en que tú estás, tierra santa es. (Éxodo 3:1-5) Version Valera
Una zarza es un arbusto, digamos, miserable. Esta reseco, sin flores ni frutos, lleno de puras espinas, y pudiera decirse que solo sirve para eso, para arder, para quemarse.
En el desierto, el gran calor lo incinera. Y he aquí que Moisés se acerca a observar este extraño fenómeno.: “El arbusto arde pero no se consume, no se termina de quemar”.
Podríamos preguntarnos: ¿Qué hubiera hecho yo ante tal situación?
Una opción hubiera sido no prestarle atención, no acercarse a verlo, quizás pensando que es un arbusto más, en un desierto más, en un día más.
En el caso de Moisés, como pudiera ser en el nuestro, no ocurre así. El tiene una sensibilidad para percibir una maravilla, una sensibilidad para encontrar a Dios allí donde no hay más que algo insignificante.
Para el autentico hombre con tendencia espiritual nada es insignificante, al contrario, todo puede tener un significado si solo se detiene a admirar. Así es que Moisés se acerca a ver, se apresta a oír. Cuando alguien se apresta a oír capta el mensaje.
La zarza que arde y no se quema es una señal, un llamado de Dios.
Para que este “alejarse del mundanal ruido” pudiera resultar de beneficio, debe hacerse con el motivo correcto, intentando alcanzar resultados positivos.
En el caso de Jesucristo, su visita al desierto lo preparo para una labor maravillosa y le permitió percibir, luego de su bautismo, que su Padre lo acompañaba. Que lo mismo sea en nuestro caso. Que el encontrarnos de repente en un desierto no signifique un fin, sino más bien, un comienzo. Que nos transforme en mejores personas y que nuestra fe se purifique.
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